+ continuación...
wenoO, k acabo d volver d una kasa d kolonias...3 dias en la piscina, montando a caballo...y practicamente, ya sta...ojala pueda repetir el año k viene...
jeje...
buenoo, aki os dejo la continuaCion...por cierto, mar&ha...me has de pasar ese poema tan largo porFaa!
bueno, lo k decia...aki va la ultima karta y empieza la histoO d verdad...las cartas eran solo la introduccion...jeje
VENGA!
A LEER!!
A mi difunto padre:
Sé que mando esta carta tarde, ya que has muerto, pero no importa, ya nada importa. Una locura más... ¡qué importa! Padre, me arrancaron todo lo que tenía, me lo quitaron, me despojaron de lo que yo más quiero. Mis hijos, muertos... no soy capaz de aguantar tal agonía al saber que la culpa es mía. Es como si hubieran venido, hubieran hundido la mano en mi pecho y me hubieran arrancado el corazón sin demora, sin prejuicios, como si fuera un vulgar desecho en vez de mi corazón.
Ahora me agito débilmente en esto que llamamos mundo y que no se acerca a merecer tal nombre. Todo es doloroso, las calles, las personas, los colores, las formas... ya no sabía que hacer, así que opté por la decisión más sencilla. Voy a entegar mi vida con la esperanza de liberar mis alas y echar a volar, con el viento, con mis hijos.
Pronto podremos vernos personalmente. Un adiós corto y formal...
Cristina.
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Había una joven de dieciséis años en la viga más alta del puente más alto de la ciudad.
De cabellos largos y negros, y ojos grandes y violetas. Pese al achicarrante calor que hacía ese mes de Mayo la joven vestía de largas, con jersey y pantalón largo. El brillo especial de los ojos de la joven se habían apagado y contemplaba con la mirada perdida el río que transcurría bajo el puente.
El muchacho observaba la escena, con el corazón a cien y los ojos verde esmeralda desmesuradamente abiertos. Conocía a la joven, habían sido compañeros de colegio hasta que ella abandonó el instituto a los trece para darse el piro con un chaval de diecisiete por aquél entonces. Desde el momento en que había mirado a sus ojos violetas se había enamorado perdidamente de ella, pero ahora al verla allí, de pie, con los brazos extendidos a ambos lados en precario equilibrio y tez pálida, normalmente morena, que no se debía al miedo, si no a un letargado encierro, el horror se abrió paso en su interior como si hubieran destapado un nacimiento y el río corriese ahora, libre.
La vio saltar y la escena se produjo a ralentí mientras su corazón le golpeaba las costillas con violencia y brutalidad. Al verla entrar limpiamente en el agua y no salir al medio minuto soltó una palabrota y echó a correr pendiente abajo, intentando mediante todos sus medios llegar antes y rescatarla.
CONTINUARÁ,,,
